Abrió su mano, tendida, ligera, muerta, y dejó caer los
pétalos rosas a merced del escaso, titubeante viento.
La mañana era como cualquier mañana, tal vez algo más claro
y más brillante que en día pasado, pero apenas imperceptible la diferencia. Se
agradecía, o eso pensaba, al despertarse con la luz que atravesaba tímidamente
la contraventana del cuarto, que la luz fuese clara, limpia, sin impurezas. Se
encogió de hombros, abrió un ojo y miró el reloj de números rojos digitales
para confirmar que era una fantástica hora como otra cualquiera para dar la
bienvenida a un nuevo día.
El sonido metálico de la alarma del microondas, los
golpecitos de la cucharilla en el café caliente, los sorbos limpios y un último
bostezo. La alcachofa derramando agua, la bomba de váter y el grifo que
limpiaba de pasta de dientes el lavabo.
Había quedado con un amigo para repasar los últimos detalles
de la presentación, aunque prefería repasar la situación actual para saber a
qué camino se adentraba. Pues hay caminos fáciles, limpios agradables, pero en
realidad no aporta nada, y hay otros caminos, más boscosos, más oscuros en las
que hay cabida para demasiadas cosas, como una enredadera, unas zarzas, unas
rosas, unas verdades y unas mentiras. Está claro que cualquiera de las dos tienen
sus lados positivos, y pensó: Me gustan las rosas.
No se sabe bien qué se decidió entre los amasijos de
neuronas que se mandaban impulsos entre sí. No se sabe bien qué camino se
elijó, pero tal vez, y sólo tal vez, al coger el camino más largo para llegar a
la casa de su amigo se vieran las verdaderas intenciones. Aunque las
intenciones sólo son intenciones, y las acciones, acciones.
Llego al portal. Olía bien. Eran rosas. Rosas rosas. Rosas
que no habían sido mancilladas. Delicadamente, por el tallo, cortó una, la
acerco a su nariz, la olio. Se acercó al telefonillo, y con el dedo indice
acarició el panel metálico mientras con sus ojos buscaba una letra y un número.
Sonó el timbre, pero no sonó ningún permiso. Aun así la puerta pareció no
negarse a ser abierta. Así le daré una sorpresa.
Paso a paso, escalón a escalón llegó a su destino, aunque no
había un cartel blanco indicativo de dicha verdad, de hecho no había
prácticamente ni una puerta. Los pasos se reincorporaron al camino marcado,
pero esta vez eran fríos, lentos, oscuros. En la izquierda, la sala vacía. En
la derecha el cuarto vacío. No era un vacío natural, no era un vació normal.
Era un vacío frío, espeluznante, que presagiaba visiones teñidas de negro.
Tentáculos emergían del vacío y empujaban hasta la cocina, que se encontraba al
fondo. Y ahí, como si esperara una señal, se encontraba tendido lo que ayer fue
un cuerpo con vida.
Cogió la rosa entre las dos manos. En la izquierda se
clavaron alfileres. En la derecha, se quedaron los pétalos.
Y abrió su mano, tendida, ligera, muerta, y dejó caer los
pétalos rosas a merced del escaso, titubeante viento.
----------
Esto lo escribí hace mil o más, pero como estoy en una reunión no me da tiempo a escribir. Ahora que lo leo, no me siento muy identificado con el texto, pero bueno, espero que os guste y si no os gusta, pues os jodéis una poquita.
No hay comentarios:
Publicar un comentario