Rozando los treinta y sin trabajo

viernes, 30 de agosto de 2013

Soñando con trabajar

Ayer a la tarde estaba tomando un café con unos colegas, y en un momento planteé que no sabía por donde tirar para encontrar trabajo, el tema de las consultorías no estaba muy a tope que digamos, y que si así lo fuese sólo cogen a la excelencia académica que personalmente desconozco, tanto en mí mismo como ajeno. En ese momento un colega me preguntó con lo que había estudiado qué podría hacer. Le comenté que con mi carrera había casi cualquier salida en torno a la empresa: desde logística y calidad, hasta estrategia empresarial o  investigación. Y cuando comenté que no estaba mandado currículums para todos los puestos de trabajo me dijo "A ti lo que te pasa es que no quieres trabajar". En ese momento, se me clavó una flecha que me atravesó entero, sin dejarme respirar. ¿Era verdad? ¿En realidad mi problema es que no quería trabajar?
Llevo ya varias semanas que no pego palo al agua. Llevo varias semanas con una mesa llena de papelitos con mis proyectos que ahora están cubiertos por papel de burbujas de un monitor que le compré a un colega. Ahora ya no se ven los proyectos.
Al principio achaqué el problema a la falta de motivación, luego a la falta de respuestas por parte de las empresas, y ahora a la falta de enfoque. Y si sigo por ese camino, acabaré achacando los problemas a todo lo que me rodea, quizás sin pararme a pensar que en realidad no quiero trabajar.
Tras varios cigarros y varios cafés en el balcón de mi casa me puse a pensar. El problema puede que no sea que no quiero trabajar, sino que exijo a mi entorno absurdeces que a día de hoy son implanteables, como por ejemplo encontrar el trabajo de tus sueños. Aunque sí que se nos engañó al decir que con estudios uno podía llegar a ser cualquiera, podría tener el trabajo de sus sueños, podría llegar a tener la casa con jardín, los gemelos, el coche y el viaje soñado, quizás nos hemos autoengañado mucho más de lo que se nos pretendía al principio. El sueño piterpanesco de el mundo feliz, el mundo sin esfuerzo, el mundo perfecto puede que no esté tanto en nuestro entorno sino en nuestras cabezas. Aunque sí que se ha hecho un esfuerzo en estudiar y trabajar a la vez, nos hemos creído dioses en un mundo sin adoradores.
¿Tenemos que renunciar a nuestros sueños por comer? 
Y es que está claro que a día de hoy no se puede elegir. Los trabajos escasean, los contratos cada día son más precarios y los periódicos no auguran campos de orégano. No sé la mayoría de la gente qué esperaba al empezar unos estudios superiores, pero estoy convencido que todos teníamos la esperanza de que si disfrutábamos de 16 horas al día, si 8 de esas horas eran trabajando, teníamos derecho a trabajar de algo que nos gustase. Otros, de esas 16 horas no se preocupaban tanto de vivir las 16 a pleno placer, sino que esas 8 de hora libre tuviesen la oportunidad de disfrutar al máximo. Da igual cual de los dos pensamientos se gestasen en tu cabeza, puesto que ni en esas 8 horas de trabajo cobras lo suficiente como para vivir a pleno rendimiento, ni eran el trabajo de tus sueños.
En mi mente siempre me decía, desde muy pequeño, que sea cual fuere mi trabajo, me casaría con él. Ahora ando en un divorcio que no sé si algún día recuperaré todo lo perdido. Mientras tanto, seguiré trabajando de aquello que dé me de comer, y en un acto de lucha motivacional, he quitado los plásticos de burbuja de la mesa para ver los proyectos que sigo teniendo en mente y sigo trabajando. Puede que nunca llegue a trabajar en mi trabajo soñado, pero como se suele decir, muchas veces es más importante el camino que el destino.

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