Como os habréis dado cuenta, tengo una pequeña adicción con las series. A día de hoy, en realidad, me planteo si tengo, directamente, una adicción con cualquier cosa relacionada con la procrastinación. Y es que no es para menos. El tiempo de un parado se puede calcular por cosas que hacemos, y no por tiempo. No metemos ocho horas delante de un ordenador trabajando, para luego hacer los recados y acabar en casa, con patucos y rulos en los pelos mientras vemos alguna cosa de interés. El tiempo del parado se mide por "hoy tengo que mandar no sé qué cv a no sé que empresa","Tengo que estudiar no sé qué asignatura","tengo que hacer no sé qué recado...", y claro, ahí es donde está el problema. No tenemos horarios y apenas usamos la agenda para eventos sociales. Y claro, chica, pues al final uno se dice "me pongo cinco a esto que no me aporta valor y luego ya, si eso me pongo a lo otro". Y en un mundo con miles distracciones tenemos que tener muy claras nuestras motivaciones para no acabar la tarde procrastinando.
Tenemos los procratinadores videojueguiles, los cuales se enganchan a juegos que, o bien son muy largos, o bien no tienen un final definido, o si no, deciden repasar cada uno de los cincuenta nuevos minijuegos que han salido al mercado. Luego tenemos los adictos a las revistas, blogs o videoblogs, artículos que rara vez superan sus cinco minutos de duración, pero en cambio la cantidad existente es tal, que nunca tiene fin. Y por supuesto, tenemos el de las series, que nada más acabar una serie, ya tienen otra en la lista pendiente, como si tuviesen miedo de que al acabar el ovillo, su vidas acabasen. Y creo que ese es mi caso.
Tenemos los procratinadores videojueguiles, los cuales se enganchan a juegos que, o bien son muy largos, o bien no tienen un final definido, o si no, deciden repasar cada uno de los cincuenta nuevos minijuegos que han salido al mercado. Luego tenemos los adictos a las revistas, blogs o videoblogs, artículos que rara vez superan sus cinco minutos de duración, pero en cambio la cantidad existente es tal, que nunca tiene fin. Y por supuesto, tenemos el de las series, que nada más acabar una serie, ya tienen otra en la lista pendiente, como si tuviesen miedo de que al acabar el ovillo, su vidas acabasen. Y creo que ese es mi caso.
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| Ya le dije yo a la de la manicura que se estaba pasando cortando las uñas, pero nada, que la tía seguía |
Desde la parsimonia de un parado que decide cuando levantarse y cuando acostarse, cuando escribir, y cuando tocarse el bajo vientre, esta serie me ha imbuido una energía que... bueno, con las 00:17 de un domingo cualquiera, todavía cansado y digiriendo los combinados del día anterior, me encuentro delante de la nítida pantalla blanca de blogger sintiéndome obligado a contaros, que si necesitáis desconectar del trabajo, si necesitáis un poco de vida in your body, o simplemente pasar un buen rato, tenemos dos temporadas enteras de una serie, que bien puede pinchar por completo en la segunda temporada, la cual todavía no he empezado, pero que al menos, durante 12 capítulos sentiréis la energía del lado más oscuro del ser humano. Motivaciones oscuras que dan más energía que un RedBull con anfetas.
Antes de acabar tengo que mencionar por alusión la serie Damage, en la que Gleen Close interpreta a una abogada podrida de poder (¿o por el poder?), puesto que me recuerda de manera un tanto exagerada los entresijos de la historia donde las primeras temporadas con auténticas joyas de la pequeña pantalla y poco a poco se convierte en una mediocre serie con aspiraciones a Coloso. Que chica, yo para eso me quedo con The good wife que no pretende ser más que una serie más pero con exquisito acabado.
Así que ya sabéis, si os gustan los entresijos, House of Card, y si no os gustas, podéis ver un capítulo puesto que, al menos es ligera.
Besos sexys y recordad, si eres de dejar para mañana lo que se tuvo que hacer ayer, no te metas en la casa blanca.

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