No me acuerdo muy bien de donde venía esta historia, ni si os lo he contado alguna vez, pero por si acaso, acercaros a la tenue luz de la pantalla, encenderos un piti, porro o abriros una lata y escuchad, pequeñas cotillas, escuchad.
Durante un tiempo, en la tierra hubo paz. Toda la sociedad vivía en armonía, y aunque discreparan en cosas irrelevantes, en el resto, la gente tenía una voz unicorde. Todo ello gracias a una diosa que amaba la armonía y amaba lo bello. Y por supuesto, amaba su creación. Amaba a todas esas diminutas personas que día a día construían edificios más hospitalarios, tejidos más agraciados y elaboraban artes culinarias.
Como todo ser cuando realiza una proeza, la diosa se sentía eufórica y vanidosa de su creación y todas las mañanas se miraba en espejo de la verdad. Un espejo pulido, sin grietas, ni manchas ni defectos, pues, al fin y al cabo, era el espejo de la verdad. Tal era su admiración propia y ajena, que todas las mañanas, miraba al mundo, miraba su pequeña creación y posteriormente se miraba a sí misma a través del espejo de la verdad.
Día tras días, repetía el mismo proceso. Día tras día miraba su creación y posteriormente su imagen. Su rutina, la cual era un gran símil a la de los humanos, quizás se volvió tediosa. Sea lo que fuere, esa rutina tuvo una ruptura drástica.
No tardaros pues, los humanos, a empezar a discutir. Uno decía que parte de su parcela debía ser más grande, pues su familia era más numerosa y que a fin de cuentas él era el jornalero, y todos se alimentaban de sus cosechas. El vecino, que fue quien construyó todos los edificios de la calle, sin en embargo, decía que su trabajo era más arduo y que pocos podían hacer dicho trabajo, así que debía tener más terreno. El vigilante, que merodeaba por la zona, decía que su terreno tenía que ser el mayor, puesto que ni uno ni otro tendrían dicho terreno si no fuera porque el vigilante auxiliaba.
Y esta disputa, al igual que la rutina de la diosa, se repetía una y otra vez.
Un día como cualquier otro, donde el cielo era celeste y los árboles brotaba, la trifulca entre vecinos desencadenó una batalla campal épica. Entre gravilla, el jornalero, el arquitecto y el vigilante poco tardaron en improvisar un palo como arma contundente; piedras como peligrosos proyectiles; una hoz como una sentencia.
Poco debiere tardan antes de que la sangre germinara entre la tierra cuando la diosa vio tal espectáculo, ajeno a ella, ajeno a su ser, y, puesto que se estaba mirando al espejo de la verdad, en un acto reflejo, lo dejó caer.
Este espejo cayó al suelo, entre la gravilla, entre el círculo creado por los tres violentos. El espejo, de tal magnitud como para poder reflectar una diosa, se hizo añicos. Cientos, miles, millones de pequeños trozos salpicaron el cielo, y posteriormente, todo el mundo. Ya fuere entre los maleantes, ya fuere en pueblos lejanos, todos tenían un trozo del espejo, del espejo de la verdad.
El jornalero miró al espejo, y se vio a sí mismo. El arquitecto hizo lo mismo. El vigilante les siguió. No tardaros en darse cuenta, que todos tenían un trozo del espejo, todos tenía un trozo de la verdad. Cierto era que el jornalero tenía más familia, y por lo tanto, merecía más espacio. Cierto era que pocos en el pueblo tenía el don del arquitecto. Y cierto era que el vigilante vigilaba mientras los demás descansaban. Así que exhaustos, se fueron todos a su casa.
Una mañana nublada se presentaba en el poblado, donde habían visto elementos poco comunes, como disputas o espejos cósmicos. Pero lo que iban a ver el día siguiente era, desde luego, inhóspito. El pueblo agitado se apoltronaba en el medio de la plaza. Un jornalero, un arquitecto y un vigilante tendían sus cuerpos inertes entre la maleza.
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